El valor de la palabra

Consideraciones acerca del personalismo en la divulgación histórica

Jesús Daniel Laguna Reche

He querido que mi primera intervención en este foro sirva para recuperar uno de mis escritos; y digo recuperar porque no se publicó con fidelidad al original que salió de mis manos, por lo que en realidad aquél permanece inédito. Veamos:

El escrito al que me refiero es la introducción que redacté para el libro En busca de la verdad… Fiestas de moros y cristianos en la comarca de Baza (Baza, 2009). Su autor, MAMP, me pidió en julio de 2008 que escribiese una introducción para este libro que estaba preparando. Me pareció que quizá fuese exagerado añadir una introducción a un libro que iba a contar con sendos textos de prólogo y presentación, pero a mí no me correspondía decidir sobre el particular y acepté el encargo con gusto.

Una vez elaborado el texto de dicha introducción, lo envié al autor. Dado que por entonces yo trabajaba en Madrid, no me fue posible acudir a la presentación del libro, que se realizó en el edificio del antiguo pósito de Huéscar. Viajé pocas semanas después, y entonces pude ver el libro recién editado por un ejemplar que me regaló un amigo, que es por cierto el único que llegó a mis manos.

La lectura de la introducción me causó decepción y frustración, debido a que no se correspondía con lo que yo había enviado a su autor: se habían sustituido dos palabras por otras, y se había añadido una frase nueva al penúltimo párrafo. Respecto a las dos palabras cambiadas, se trata de antigüedad, que fue sustituida por ambigüedad (por lo que el sentido de la frase cambió completamente), y tontería, que fue sustituida por necedad. En cuanto a la nueva frase, se trata de tres líneas en las que se puede leer que tanto ese libro como el anterior aportan una gran información gracias a la gran labor investigadora en archivos y bibliotecas por parte de su autor. Menudo añadido: como para no darse cuenta. Dice así:

Es más, estamos ante unos libros -«Descubre el origen…» y «En busca de la verdad…» que nos aportan una gran información histórica gracias al estudio e investigación en archivos y bibliotecas por parte de su autor.

Harta sorpresa me causó, al hablar con el autor del libro para preguntarle por qué había modificado mi texto, el que me dijese que eso era cosa de la imprenta. No sé qué interés podría tener la empresa “Imprenta Cervantes” en cambiar dos palabras y en meter una frase alabando las heroicidades académicas del autor, pero más bien sería él el interesado en la publicación de esas palabras. Estúpido argumento que, obviamente, rechacé y sigo rechazando. Pasados once años, más motivos tengo para hacerlo.

Al margen de los cambios léxicos y de la veracidad de lo expresado en dicha frase, asunto sobre el cual no voy a extenderme aquí, dado que prefiero remitir al lector interesado a la lectura de la introducción publicada y la que ahora traigo aquí, lo cierto es que yo escribí exactamente lo que quería escribir; si puse tontería y antigüedad fue porque quería usar esos términos, y si no hablé del autor en ninguna línea fue porque no quise, ni para bien ni para mal. Me centré en hablar del contenido del libro y su contextualización social y cultural en la época a la que corresponden los hechos narrados y en el presente. No me gustan los libros que empiezan encumbrando a sus autores, al margen de que lo hagan con justicia o sin ella, así que no lo hice. Si el autor quería ver una introducción así, podría haberla redactado él y no adjudicar sus pensamientos a otra persona.

Once años después de aquel atropello, traigo aquí esa introducción para dar a conocer el texto original, el que salió de mi cabeza y de mis manos. Mejor o peor, pero ese es y no otro. Quien quiera comprobarlo, que busque el libro y compare las dos versiones.

Estudiar el pasado es una labor ligada necesariamente a la ambigüedad: no como una operación matemática, que debe dar un resultado concreto. La investigación histórica consiste en buscar y estudiar las fuentes que el pasado nos ha legado a las generaciones presentes: documentos, obras de arte, objetos varios, etc., y eso requiere también una labor de interpretación de los mismos. Por fortuna, quedó atrás aquella práctica consistente en la enumeración sistemática de datos históricos de reyes y batallas, muchas veces inútiles más allá de la mera anécdota y del ejercicio memorístico (la lista de los 33 reyes godos fue el terror de los colegios durante mucho tiempo), y aprendieron los estudiosos del pasado a ver -más allá de fechas y héroes- las realidades cotidianas de la gente, ricos y pobres: instituciones, religiosidad, actividades económicas, y un largo etcétera, tan largo como queramos seccionar la Historia para conocerla. En ese proceso de estudio histórico que es la investigación, no debe nunca perder de vista el historiador que su trabajo ha de ser suficientemente serio como para ser tenido como tal; ambigua es la consideración de serio, pero no resulta difícil entrever cuándo un trabajo no está a la altura en función de su título: la profundidad dada al tema, la variedad y calidad de las fuentes empleadas, la bibliografía consultada, el recurso mayor o menor a citas ajenas, la solidez de las argumentaciones empleadas, etc.

Cada uno de quienes hacemos investigación trabajamos a nuestra manera: los temas que queremos y con las posibilidades que tenemos (sobre todo el tiempo disponible y la facilidad para acudir a los archivos), y cada cual es responsable de lo que escribe y lo que ofrece a los lectores. A ellos, a los lectores, corresponde juzgar nuestro trabajo. Podemos sentirnos orgullosos de lo que hacemos, pero debemos dejar a los demás la labor de alabarlos o condenarlos, y no debemos buscar el aplauso ni el rechazo, nada más que abrirnos hueco entre el herbazal editorial a base de trabajo.

El añadido de la susodicha frase al texto arriba expuesto es un ejemplo de lo que nunca se debe de hacer. Cada cual debe de hacerse responsable de sus palabras y acciones. El autor del libro podría haber rechazado la publicación de mi introducción, pues a él correspondía la soberanía sobre la obra que iba a llevar su nombre; pero la potestad sobre la redacción de la introducción era mía, y de nadie más: el autor pudo haberla no publicado, mas jamás debió haber pensado en introducir palabras, y menos aún sin mi consentimiento, sobre todo teniendo en cuenta qué palabras se introdujeron en forma de frase: una alabanza en toda regla a los méritos… -atención- …del autor del libro. Eso fue una violación de mi exclusividad sobre mis palabras, que desvirtuó su valor y manipuló su mensaje para que dijera lo que yo no quise que dijera, porque si hubiera querido que así fuese, lo habría escrito.

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